Fallo en la comunicación

Íbamos paseando por la calle, una noche ventosa de agosto. Había sido un día caluroso, pero al ponerse el sol, se había levantado un viento que había traído un fresco de esos que hacen necesaria una chaquetita para no quedarte helado.The Window

Cuando llegamos a Ampudia era media tarde, y salimos a conocer el pequeño pueblo. Pasamos tanto tiempo haciéndole fotos al castillo, que cuando quisimos darnos cuenta había caído ya la noche y el viento hacía desagradable continuar en la parte más alta del pueblo.

La gente del pueblo, más inteligentes que nosotros, ya habían dejado las calles por el refugio de sus casas. Todo estaba cerrado, y no había ni siquiera un bar abierto donde cenar antes de regresar al hotel.

Lo que sólo nos dejaba regresar al hotel y probar fortuna en su restaurante.

Escuchamos el golpear de una madera contra otra mucho antes de llegar a la casa derribada, de la que sólo quedaba parte de la fachada y detrás, un gran solar vacío donde crecían las malas hierbas y árboles jóvenes.

Al llegar a la altura de la casa, vimos el origen del ruido. Una de las ventanas todavía conservaba la contraventana de madera y el viento la hacía golpear rítmicamente contra el marco sin cristales.

—Mira — me dijo mi marido — qué curioso.

Y yo miré hacia el interior de la casa. Lo que vi me hizo dar un salto que me llevó hasta la mitad de la calle. Por fortuna, la calle es peatonal, y, de todos modos, a esa hora no había ningún coche circulando.

¿Habéis visto esos árboles de hojas enormes que parecen hojas de papel? Cuando llega el otoño amarillean y caen, volviendo el suelo muy resbaladizo. Esas hojas.

Eso es lo que en aquel momento dije que vi. La hoja de un árbol mecida por el viento.

Pero el corazón me latía de forma extraña, y no estaba segura. No podía estar segura de lo que había visto.

Tiré de su mano y volvimos al hotel.

Al día siguiente, no podía quitarme de la cabeza la ventana y la hoja del árbol e insistí en volver a pasar por la calle. Mi marido no quería, y me dio excusas varias hasta que, finalmente, le convencí. O se dio por vencido.

Pasamos por la calle y nos detuvimos frente a la ventana.

No sé lo que vi aquella noche ventosa.

Porque la contraventana no podía haber golpeado el marco, por mucho viento que hiciese, ya que estaba fijo con dos trozos ya oxidados de alambre. Intenté moverlo con la mano, y no cedió. La única bisagra que le quedaba estaba oxidada.

¿Y el árbol? Sí, tras la ventana hay un árbol. Un árbol joven de hojas pequeñas y verdes que apenas pueden verse desde la calle.

—¿Qué me querías decir? — le susurré al hueco. Pero no hubo respuesta.

No sé lo que vi aquella noche ventosa tras aquella ventana.

Old Wall

Photos by Adelaida Saucedo