El “experto” o el arte de hablar por hablar

Todos conocemos el tipo de persona del que voy a hablar. Por desgracia, es muy común y, reconozcámoslo,  todos hemos entrado en esta categoría alguna vez en nuestra vida.  Unas veces sin darnos cuenta, otras sabiendo en qué estamos cayendo y asumiéndolo sin ningún tipo de remordimiento. Sí, el “experto”, entre comillas porque de experto suele tener poco, o eso que en España últimamente llamamos CUÑADISMO.

Um, curiosa palabra lo de “cuñadismo”. En este país, el cuñadismo es fuerte. Tan fuerte, que raya en lo ridículo.

La primera vez que me encontré con el cuñadismo era una cría, y el “experto” era, sí, un cuñado de mi padre. Se empeñaba en decir que él sabía más matemáticas sin haber ido al colegio más que para lo básico que los que estábamos ya en BUP. Vale que la última vez que vi matemáticas fue en segundo de BUP (lo que ahora equivale a 4º ESO), pero era bastante buena y para operaciones sencillas sigo sin necesitar calculadora. Aunque he de reconocer que muchas veces saco la calculadora para comprobar si el resultado es correcto. Pero esto es otra historia.

A lo que iba. El cuñadismo y los “expertos” de boquilla. Normalmente son un poco molestos, porque no se les puede contrariar (nah, da igual que tú seas licenciada en Filología Inglesa, ahora Estudios Ingleses, tengas el CPE y el superior de la Escuela Oficial de Idiomas: ellos tienen la razón en ese oscuro punto gramatical del inglés) porque entonces pasan de cuñados a trolls, y son aún peores.

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Pero el peor tipo de cuñado sabelotodo es el que va a reuniones donde se van a discutir cosas muy serias y se levantan para contradecir a los ponentes, poniendo en riesgo muchas veces el futuro de una región o la salud de muchos niños porque ellos han “investigado” y lo que los expertos de verdad dicen es mentira porque ellos han leído en un artículo en internet (no llegan a mucho más normalmente) que es lo contrario de lo que se está diciendo.

¿Que el Camino Viejo de Santiago pasaba por Guardo (Palencia)? ¡Pues no! Los historiadores se equivocan porque lo dice él, que lo ha leído en un libro. No, nunca te dicen ni el título ni el autor, no vaya a ser que lo compruebes y resulte que su comprensión lectora es nula. Que suele serlo.

¿Que las vacunas son buenas y necesarias? ¡Pues no! Porque ha leído en internet que causan autismo y mil cosas más. Estos son aún peores, porque eres tú el que tiene que demostrar que están equivocados (el cuñado nunca tiene por qué explicarse, lo ha leído y punto). Y aunque se lo demuestres, hasta con un croquis porque suelen ser más bien cortos de entendederas, seguirán pensando que tienen razón.

¿Que las enfermedades de sensibilización central existen? ¡Pues no! Porque ellos creen que no, y saben más que los especialistas que las diagnostican. Y en este tema es aún peor, porque el 85% (más o menos) de pacientes con Fibromialgia, Sensibilidad Química Múltiple o Síndrome de Fatiga crónica son mujeres, y ya se sabe, las mujeres somos histéricas e hipocondríacas. Si no es una enfermedad de machos, no existe.

En fin, el “cuñado” siempre ha existido, y por desgracia seguirá existiendo. Porque a los humanos nos gusta eso de ser importantes, o creérnoslo, y claro, para eso tienes que saber más que los demás aunque no tengas ni idea de lo que se está hablando.

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