Nada que temer

Moonlight Highway—No hay nada que temer.

Sara le miró de reojo, esperando una reacción por su parte. Prefirió no decir nada, y seguir con la vista al frente.

Había recorrido aquella carretera durante cinco años, los mismos que llevaba trabajando en aquella empresa, pero sólo había compartido el coche los últimos tres meses. Ahora se arrepentía.

—Vamos, Juan, no puedes estar enfadado por una tontería así.

—No estoy enfadado.

Sara resopló, y refrenó el coche cuando vio la señal de máximo ochenta.

—Siempre eres tú el que lleva el coche. Un día tras otro. Por una vez, me apetecía conducir a mí.

—No estoy enfadado —repitió.

—Entonces, ¿qué te pasa?

Ella no podría entenderlo. A sus propios oídos su explicación resultaría tan absurda, que era inútil siquiera intentar que Sara lo comprendiese.

Había un tramo de la carretera que sólo con pensar en él, en aquellos cinco kilómetros, se le ponía la piel de gallina, y el corazón se le desbocaba. El parabrisas empezaba a empañarse y, en invierno, se cubría con una fina capa de hielo. Juan nunca había sido un hombre supersticioso y era poco dado a seguir sus instintos. Pero en aquellos cinco años había aprendido, sin necesidad de tropezar en la proverbial piedra, que aquel tramo de carretera era mejor no transitarlo en ciertas noches.

Cuando empezó a tomar aquella carretera secundaria eran noches cercanas a la luna llena, y su luz azulada y fría le había mostrado campos de trigo que se perdían en el horizonte y las luces de la autovía al fondo.

Pero a medida que la luna iba reduciendo su tamaño, la oscuridad había ido creciendo, primero como una sombra en la lejanía que, a medida que la luna decrecía, iba acercándose más y más a la carretera. Jamás había tomada aquella carretera en las noches de luna nueva, o los días anteriores o posteriores. No había sido capaz, temeroso de que la oscuridad cubriese la carretera.

Con el tiempo, había desarrollado un sexto sentido, y había evitado coger aquel camino para volver a casa. A veces eran las nubes bajas y cargadas de lluvia las que le hacían tomar la ruta más larga. Otras veces la luna estaba naranja y malévola, con una aureola que le ponía la piel de gallina y le aceleraba la respiración.

Haría cosa de tres meses, o tal vez cuatro, Sara había empezado a compartir el coche con él. Era una manera de ahorrar gastos. Le había parecido una buena idea, siempre y cuando usasen su coche. Ella había aceptado.

Ayer insistió en llevar su propio coche, que languidecía en el garaje. Le apetecía conducir, hacer kilómetros. Su sonrisa carnosa y sus ojos grises le habían convencido. Por no hablar de su generoso escote.

Cuando subieron al coche, apenas media hora antes, su instinto le dijo que no era buena idea ir por la carretera habitual, que esa era una de aquellas noches.

—Tengo un mal presentimiento. Vámonos por la otra carretera.

Se arrepintió de decirlo en aquel mismo momento. Sara se había echado a reír.

—Vamos, Juan. Se tarda casi media hora más.

—Tampoco tenemos prisa, ¿no?

—Juan, Juan. ¿De qué tienes miedo?

—No tengo miedo.

—¿Tienes miedo a la oscuridad? —volvió a reír y sacudió la cabeza para quitarse unos mechones del rostro.

Se le secó la boca. Miedo a la oscuridad. No dijo nada, y se sentó en el coche. Dio un portazo. Ella entró y cerró la puerta con delicadeza. Arrancó el coche.

—No hay nada que temer, Juan. Pero si tanto te preocupa, iremos por la otra carretera.

Pero al llegar a la rotonda, tomó el camino de siempre.

Llegaron al cartel que prohibía circular a más de ochenta, y a los pocos metros se cruzaron con el cartel que indicaba que la causa era la Cañada del Carrerón y su cruce de animales. A su derecha, la oscuridad se fue acercando a la carretera.

Sólo eran cinco kilómetros. Apenas unos minutos, y estarían fuera. La luna estaba casi llena, y en aquellos días, la oscuridad no era total. Nunca era total.

Salvo que ahora estaba muy cerca y el cristal de su ventanilla empezaba a cubrirse de hielo y su aliento se congelaba y le temblaban las manos y el latido de su corazón era audible por encima del ruido del motor y de la suave música ambiental que tanto le gustaba a Sara.

Arriesgó una mirada a la mujer, pero ella tenía la vista fija en la carretera. Sus dedos largos tocaron con suavidad la palanquita del cambio de luces, y quitó las largas, a pesar de que ningún vehículo venía de frente.

Oyó un ruido fuera del coche. Intentó resistirse a mirar, pero le pudo la curiosidad. La oscuridad, que impedía ver las luces que jalonaban el acceso a la autovía, estaba cada vez más cerca, y la tímida luz de la luna no alcanzaba a penetrarla. Volvió a mirar a Sara, y a la débil luz del salpicadero tuvo la impresión de que sus ojos tenían un brillo rojizo.

La oscuridad era una ola que pasaba por encima de ellos. Pensó que era compacta, pero al fijarse, le pareció una sábana de seda negra ondeando al viento. Tuvo la sensación de ver algo más, sonrisas de dientes afilados y ojos rojos que devoraban la luz.

Sara redujo la velocidad aún más.

—¿Qué haces? —su voz sonó rasposa a sus propios oídos.

La mujer giró el rostro hacia él con una sonrisa en sus labios y la escasa luz de la luna le jugó una mala pasada, porque le hizo ver dientes que eran afilados y ojos que reflejaban la oscuridad que había al otro lado del cristal.

—No hay nada que temer —y pisó el freno a fondo.

Su voz se quedó atascada en la garganta y al abrir la boca para gritarle sólo se oyó un suave gorgoteo en nada parecido a un sonido humano.

—No hay nada que temer —repitió y su voz tenía un eco que se repetía fuera del coche. Sus dedos tocaron el control de las luces, desconectándolas.

La oscuridad se derrumbó sobre carretera.

Photo by abcdz2000 via sxc

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